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La historia de Cheche y el Moto Club los “Nahuales”

Un club de motociclistas mexicano decidió cumplir el sueño de un niño que sufre de cáncer, en el marco de la causa que bautizaron “#SomosLosMásBuenos”. Así Cheche pudo vivir un día como miembro de los “Nahuales”.

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Esta historia ocurrió en la ciudad Victoria, en Tamaulipas, México; comenzó cuando los miembros del Club Nahuales de Victoria conocieron a José Fernando del Ángel Tolentino, alias Cheche. Este niño de solamente 5 años es paciente del Hospital Infantil, porque sufre de cáncer.

Cheche siempre quiso ser miembro de un club de motociclistas, porque le encantan las motos y el estilo que tienen los bikers, como le dicen en México a los motoqueros. Los profesionales del Hospital Infantil sabían del fanatismo del niño, ya que están al tanto de todos los gustos de los chicos que internados en el lugar. Fueron ellos mismos quienes se comunicaron con el Moto Club Nahuales de Victoria, para cumplir el sueño del nene.

Por supuesto, los motociclistas no dudaron en aceptar el pedido del personal de la clínica. Fijaron una fecha, para que Cheche pueda prepararse, dada su afección, y además ellos también comenzaron a planear la sorpresa.

El club llegó en caravana hasta el hospital, para buscar a al nene, que se iría junto a ellos y su mamá. Pero antes de que el niño se suba a la motocicleta como acompañante, le dieron un regalo muy especial. Los motociclistas le prepararon un chaleco del Club Nahuales, con su sobrenombre “Cheche” grabado en la espalda, como un miembro más.

Cheche quedó feliz con su ropa de biker, que sumaba su especial chaleco y un casco para que pueda ir como pasajero. Vestido para la ocasión el niño viajó en la especial caravana que lo llevó hasta una reconocida heladería de la zona, donde festejaron su unión al Club, cumpliendo su sueño.

Una vez terminada la rodada, José Fernando fue llevado a su casa. Cheche seguirá con su tratamiento de quimioterapia en el Hospital de la ciudad, con la esperanza de poder hacer algún día otra caravana con el Moto Club los Nahuales.

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Ewan McGregor se enamoró de Argentina

En una entrevista con el diario La Nación, el actor escocés reconoció haber quedado encantado con nuestro país, después de haber pasado unos meses durante el rodaje de “The Long Way Up”.

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A fines de 2019, más precisamente entre septiembre y diciembre, el actor Ewan McGregor llegó a Argentina para comenzar con el rodaje de la serie documental The Long Way Up. Que es la tercera temporada de la saga “Long Way”, que tuvo antes Long Way Round (2004) y Long Way Down (2007); en las tres el escocés estuvo acompañado por su amigo Charley Boorman.

En la primera entrega recorrieron 30.577 km, de Londres hasta Nueva York, cruzando Europa del Este, Asia, Alaska y Estados Unidos; en la segunda viajaron desde Escocia hasta Ciudad del Cabo, Sudáfrica. En ambas oportunidades usaron unidades de BMW, pero en 2019 decidieron cambiar y revolucionar un poco con una moto eléctrica. Bueno, no cualquier moto eléctrica, si no la Harley-Davison LiveWire.

Para Long Way Up, ambos motociclistas usaron los ejemplares eléctricos para demostrar que se puede viajar, no importa que no sea a combustible; y de paso para promocionar la (hasta ahora nada exitosa) máquina de Milwaukee. El trayecto constó de más de 20 mil kilómetros, partiendo desde Ushuaia, Argentina, hasta llegar a Los Ángeles, Estados Unidos, en el medio visitaron 13 países del continente Americano. Para quienes estén interesados en ver la serie, está disponible solamente en Apple TV+.

“Me encantó la Argentina. La amé y estuve mucho tiempo ahí. Es un país inmenso, nos llevó bastante tiempo recorrerlo. Fue tan divertido, por dios, qué tierra más hermosa”, declaró McGregor en una entrevista exclusiva con el diario La Nación. El actor disfrutó del viaje en moto, como lo hizo en las anteriores ediciones de la serie: “Tuvimos suerte de poder hacerlo el año pasado. Hay muchas razones por las que adoro este tipo de aventura. En parte tiene que ver con el hecho de visitar lugares y vivir situaciones en las que normalmente no estaría. Se trata de salir de tu zona de confort y no saber qué te espera a la vuelta de la esquina”.

“Es un desafío de resistencia porque los recorridos son muy largos, pero sobre todo se trata de conocer gente de todo el mundo que vive de maneras muy diferentes a la tuya y que tienen distintas prioridades y necesidades. Me parece que en los Estados Unidos, Europa y Gran Bretaña tenemos modos de vida que no se repiten en otros lados del mundo y me parece interesante recordar que nuestra forma de vida no es la única ni la mejor que existe”, destacó el escocés radicado en Estados Unidos.

“Hubo un par de lugares a los que no pudimos ir porque decidimos hacer el viaje en motos eléctricas”, mencionó el actor-motociclistas, y añadió: “Fue una experiencia de aprendizaje y un intento por contaminar el medioambiente lo menos posible. Sin embargo porque teníamos que parar en lugares donde hubiera electricidad para cargarlas resignamos la libertad de acampar en cualquier lado que habíamos tenido en los otros viajes y eso en un aventura como esta da un poco de pena”. Dejando en claro los pro y contras de hacer un recorrido en una unidad eléctrica en un mundo que todavía no está preparado para eso.

Por supuesto, no se olvida de su compañero de viaje: “Me siento afortunado de poder hacer estos viajes con Charley. Nos conocemos muy bien, tenemos un vínculo que creció con todos estos desafíos que atravesamos juntos. Cuando tenemos frío, estamos perdidos, asustados o entusiasmados, todo lo pasamos juntos”.

McGregor también habló la experiencia en la ruta, que no dista mucho de la opinión de cualquier otro motoviajero: “Creo que para mí estos viajes tienen algo que incentiva un estado meditativo. Pasamos gran cantidad de tiempo en la ruta e inmersos en nuestros pensamientos. Es decir, podemos hablar entre nosotros con los micrófonos de los cascos pero muchas veces yo los apagaba y manejaba en silencio y es asombroso las cosas que te vienen a la mente en esos momentos. Mi cerebro está ocupado en conducir la moto y en observar el mundo que me rodea, pero una parte de mi psiquis se relaja y los recuerdos salen a la superficie. De repente aparece un pensamiento y luego pasa y llega otro sobre mis relaciones, cosas que no me gustan de mí mismo o algo que dije que pudo haber lastimado a alguien. Son reflexiones importantes, una claridad para crecer como ser humano”.

Fuente: LaNacion.com.ar

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“Entre el cielo y la ruta”

Javier Eduardo Urbaneja nos envió su relato sobre la pasión que siente por las motos: “Solo me pueden entender los que se mojan, tienen frío, se caen e igual se levantan y vuelven a montar sus motos una y otra vez”.

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“¿Por qué la Bati-chica tenía moto y Batman no? Fue lo que me pregunté en mi niñez mirando la serie. Será por eso que mis héroes eran de carne y hueso; hoy puedo confesar, ya casi rozando los 50, que a los 16 años, con novia y todo, me escondía en la terraza de mi casa a jugar con una motito de plástico que se parecía, más o menos, a la moto que usaban en Chip’ s. Era simple, yo quería ser Poncharello y vivir en California piloteando una Kawa 1000. Todavía sueño con eso, de hecho tengo toda la serie en DVD, esa es la quinta esencia de la felicidad y la libertad en mi imaginación.

Poco me sorprende en este mundo, excepto las motos, los aviones y alguna que otra cosa, aunque no tanto. El amor a las motos es igual al de los aviones, en ese sentido soy bígamo, en mi casa aburro (bueno, aburría, ahora me aburro solo) aunque en realidad poco me importa, ya que es sabido, tanto los pilotos como los motociclistas sabemos de qué se trata, es imposible de explicar.

¿Cómo les trasmito a los demás lo que sentí a mis 9 años cuando mi tío me llevó a pasear por primera vez en su moto, una Gilera? Solo me pueden entender los que se mojan, tienen frío, se caen e igual se levantan y vuelven a montar sus motos una y otra vez, aquellos que si se les rompe el auto dicen “qué garrón” pero si la moto no le arranca entran en pánico. Es pasión, pasión por la libertad, acaso las motos sean unas de las pocas cosas que nos regalan esa libertad en el mundo. Lo sabía El Carpo y lo sabía Charles Lindbergh cuando recorrió EEUU con su Excelsior antes de ser el padre de la aeronáutica.

Podría hacer una nota de todas las motos que anduve, chiquitas y grandes, mías y prestadas, pero debería escribir una especie de biblioteca galáctica para describir lo que viví con cada una de ellas. Hice muchas cosas en mi vida, me tuve que desprender de muchas más por las circunstancias que sean y mi vida continuó casi igual, es decir, me adapté, a lo que me fue y es imposible adaptarme es a no montar una y otra vez mi moto. Algunos piensan que estoy medio loco, otros que soy un inadaptado; no me importa, soy feliz así, sobre las dos ruedas, tan libre y tan feliz como un piloto en el cielo, y de eso puedo hablar”.

Por Javier Eduardo Urbaneja

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Gustavo Menéndez y el emotivo recuerdo de su papá Eduardo

Gustavo Menéndez es un motociclista de ley, y un gran amigo de Gente de Moto. Nos envió una historia que refleja su amor las motos y su pasión por los fierros, la que más marcó su vida.

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Aceptamos que nos atrasamos un poco con esta noticia que podría haber sido un “Especial por el Día del Padre”. Pero gracias a esta historia podemos demostrar como nuestros padres son muchas veces quienes nos contagian esa pasión por las dos ruedas. Los dejamos con este relato de motos y amor paternal, escrito por su protagonista, Gustavo Menéndez:

“Quisiera contarles una de mis historias con la moto, no con una especial, si no con la moto en sí y la pasión por los fierros. La historia que les voy a relatar no sé si será de las mejores que me pasó pero si definitivamente la que más marcó en mi vida.

Desde muy chico mi viejo me llevaba a andar en la Vespa que era de mi abuelo, y por alguna razón esa moto no estuvo más entre nosotros. Creo que ahí fue cuando en algún lugar se despertó mi pasión, él me contaba siempre de sus andanzas de joven con las Zanella o Gilera de los años 70. En resumen a los 7 años llega a mi casa una Zanella V1 de arranque a pedales, (para mí era como un R1 actual) fue ahí que empecé a andar en moto. Pasó el tiempo y siempre tuve la chispa de correr en moto, siendo que mi viejo me contaba que alguna vez el corrió y me decía lo lindo que era.

Eduardo Menéndez, el padre de Gustavo.

Tuve varias motos de calle hasta que un día, por inseguridad y ante la preocupación de mi vieja, decidí venderlas para darle tranquilidad. Pero llegado el 2002 y con un grupo que corría en 200 Nacional de Pista, decidí armar mi primera moto de carrera. Costó pero a la vieja la convencí de que las pistas eran más seguras. Mi viejo obviamente comenzó a acompañarme, podía ver que en su rostro ese niño que alguna vez corrió estaba vivo y sonriente. Entonces decidí proponerle si quería que armáramos una moto juntos para que el corriera, aceptó sin dudar. Fue ahí donde compartimos tarde y fines de semana modificando y preparando la moto.

Llego el día de ponerla en pista y fue uno de los mejores momentos que me quedaron guardados. Su sonrisa en el dentro del casco, su intensa emoción y, a pesar de que en ese entonces ya era veterano, vi que volvió a ser joven. La moto ese día tuvo una falla que no podíamos encontrar y no andaba, pero no importó; fue la primera carrera de muchas que compartimos juntos. También estaban los entrenamientos que íbamos girar y a divertirnos, donde posteriormente comíamos un asado entre amigos.

Recuerdo que en uno de los entrenamientos, con un amigo de la familia al viejo lo volvimos un poco loco. Él iba a disfrutar del andar, nosotros ya teníamos tiempos de vuelta más rápidos, entonces cada vez que lo cruzábamos en la pista alguna maldad le hacíamos, sanguchito en la recta, tocarle la cola, etc. Fue una jornada muy divertida y que hoy con mi amigo la seguimos recordando”.

Gustavo con su amigo, listos para salir a pista.

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