Bitácoras del Ciego

Crónicas del viaje en Dragstar: Salta – Tandil. La vuelta

En esta oportunidad quiero compartir con Uds. un viaje que fue mi bautismo en esta hermosa pasión de viajar en moto; mas que un bautismo fueron todos los sacramentos juntos. Además me despertó mi otra pasión que fue la de escribirlos.

Publicado

el

Si querés leer la primera parte del viaje podés ingresar en: Crónicas del viaje en Dragstar: Salta – Tandil

La vuelta empezó como había terminado la ida, con la grata compañía ahora, de Marquitos, Fabri y María, con quienes ruteamos hasta Olavarría, donde almorzamos y nos separamos. De Olavarría salí con la intención de hacer noche en Gral. Villegas, pero como en la ruta y en moto nunca se sabe, y con la aparición de mi vieja e ingrata compañera (sí, LA LLUVIA) me quedé como 4 hs. en la estación de servicios en Carlos Tejedor, donde me constituí en el anfitrión de todo aquel que paraba, o a cargar nafta o a resguardarse de la tormenta (de iguales o peores magnitudes que la de Río IV, tres días antes). De hecho esta se llevó todos los techos de Valeria, un pueblo al sur de Córdoba. Ahí conocí a Gabriel un fotógrafo de jineteadas que vive en 9 de Julio, y su papa un hombre mayor que me llenó la panza con unas tortas fritas ESPECTACULARES y unos mates calentitos, nos quedamos charlando como tres horas hasta que decidí quedarme a dormir en el pueblo.

Al otro día amaneció nublado, y maneje casi todo el día…

Ya en Vicuña Makena (Córdoba) me encontré con Armando, un amigo de toda la vida, casualmente con uno con los que soñaba este viaje en nuestra época de estudiantes en Córdoba, con quien comí y seguí viaje. Antes de llegar a Río IV, pasé por Ensenada, el paraje donde me había albergado de la tormenta en la ida, paré y fui a buscar a Walter para agradecerle el gesto que tuvo al abrirme la iglesia, y como dije antes; quise quedarme con el mejor recuerdo tanto del lugar como del gomero, no les saque fotos, porque de día y con sol eran aún mas tenebrosos y siniestros que la noche de la tormenta.

Al llegar a Elena (Córdoba), el traste me pedía a gritos un cambio, vi colgados los famosos pellones de piel de oveja, y al preguntar, el dueño del lugar, creyendo que era un holandés supongo, quería cobrarme una fortuna… En eso, para en el medio de la ruta una camioneta, conducida por un finquero, Gerardo, quien desde la ruta me hablaba, al ver la cola de camiones y autos parados por su culpa, se puso en la banquina. Al comentarle el motivo de mi parada, hizo bajar a José, un peón, al que ordenó se quedara al lado de la moto, y me llevó 40 km hasta una curtiembre para conseguir el pedazo de animal, que como les digo no era un pellón, era un pedazo de la pobre compañera de Heidi, recién sacado. Luego de rechazar una docena de invitaciones de este Gerardo para que me quedara en su casa a dormir y comer un asado, que organizaría con sus amigos con la excusa de mi encuentro, llegamos a la moto, donde casualmente seguía José en idéntica posición en la que lo habíamos dejado.

Así fue que con un olor tremendo a granja en mis asentaderas, llegué a Córdoba.

De pura casualidad entré a Córdoba, por la calle Obispo Trejo, en donde estaba ubicado el departamento donde empecé a soñar por las noches con mi viaje en moto; ahí lo hable a un amigo, Martín, que aún vive en Córdoba, que me pidió que lo vea en el acto de fin de año del jardín de infantes de su hijita. Al llegar al colegio, frenar de improvisto, con media oveja en el traste y con una cara de loco cansado infernal, vi como los padres agarraban fuerte a sus hijos, algunas llegaron a cargarlos y cruzar la vereda; después de saludar a mi amigo, y viendo que esos padres ya se encontraban repuestos del susto, me fui a dormir.

Al otro día emprendí, lo que iba a ser el último tirón de la travesía, frenando a comer en Ojo de Agua (Santiago del Estero). Por esas alturas, yo ya me creía un aventurero bárbaro, hasta que veo llegar a la estación de servicios, una moto rusa, detonada, pero no tenía nada sano, ni en la estética, ni en la mecánica… rota… Era conducida por un israelí de 2 metros más o menos y 200 kg, con el que nos entendimos en un mutuo pésimo ingles. Me contó que había adquirido el móvil en la Paz (Bolivia) a U$s. 1200 (lo que habla muy mal de los latinoamericanos), y pretendía llegar a Bariloche (espero que lo haya logrado). En dos cambios que tiró hasta salir de la estación de servicio la moto escupió al menos ½ litro de aceite.

Llegué a la Ciudad de Metán, a 150 km de Salta a la nochecita, donde después de tomarme un café, con los anteojos amarillos y el visor del casco abierto limpio, salí a la ruta.  Al principio fue como conducir en una alucinación provocada por la ingesta de algún hongo mexicano que salen del cactus, ya que entre las líneas de la ruta, las luces de los vehículos que venían de frente y el millar de bichos que venían a estrellarse a mi casco, que con los lentes alcanzaban múltiples colores, se hacía casi imposible avanzar; hasta que el último que me ayudó en forma anónima en la ruta, fue el conductor de una Fiorino, al que seguí casi pegado hasta el peaje antes de la entrada a la Ciudad, en donde le agradecí y él sonrió en forma cómplice. Así fue que llegue a mi querida Ciudad de Salta, en donde obtuve el mayor de los premios que fue llegar a mi casa, el beso y el abrazo de Lucca y Sol.

Este viaje me enseñó muchísimas cosas…

En primer lugar que para un motero con familia resulta imposible hacer un viaje sin su apoyo; gracias Lucca y Sol, por apoyarme en mi sueño, por aguantar mis ansiedades y acompañarme a diario. Gracias mamá por apoyarme sin mostrarme tus temores, gracias papá por ayudarme a preparar la moto y acompañarme con tus mensajes. Gracias Raúl por prestarme el inflador, gracias Cele por dejarme dormir en tu dpto en Córdoba.

También aprendí que a los amigos no hay que buscarlos, las vida te los pone de diversas formas, en este caso a través del STAR CLUB ARGENTINA. Gracias a todos y todas los que estuvieron conmigo en Tandil, a los que no nombraré por temor a olvidarme de alguno y cometer un grave error, gracias por la reciprocidad en el sentimiento y por todas las señales de apoyo que recibí antes, durante y después del encuentro.

Gracias Pele y Armando, por acompañarme allá desde el 93 en esas largas noches de estudio donde yo empecé a planificar mi viaje; y Armando gracias por el sándwich de jamón crudo y queso en Vicuña Makena, que estaba bárbaro.

Aprendí que existe mucha gente dispuesta a apoyar un sueño sin pedir nada a cambio. Aprendí que mas allá del aspecto, existe mucha gente solidaria en nuestro país. Gracias Walter de Ensenada, gracias Gerardo, gracias Gabriel y tu papá que no sé el nombre, gracias José por cuidarme la moto, gracias conductor de la Fiorino. Aprendí que siempre se puede llegar a más, gracias israelí de dos metros y un montón de kilos.

Es de sus rostros y de sus nombres que me acordaré el día que tenga en la falda a los hijos de mis hijos, y el abuelo les cuente las CRONICAS DEL VIAJE EN DRAGSTAR, SALTA-TANDIL.

Un abrazo a todos y hasta próximos viajes. El Ciego

Salir de la versión móvil