Historias GDM

Un viaje familiar en moto por Perú

Las crónicas de recorridos por el mundo son siempre interesantes, y más aún si hablamos sobre un grupo de motociclistas. Como esta familia, que disfrutó de una travesía entre Colombia y Perú.

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Gonzalo Bueno Ángulo es un amante de los viajes en motocicleta, por eso creó su propia página web “Viajeros del Sur”. Allí cuenta las diferentes aventuras que le ocurren a lo largo de sus travesías por el mundo, además de darles espacio a otros viajeros (como su hijo Mateo, por ejemplo). Entre tantas historias está la de su último recorrido, que lo hizo junto a su familia, por primera vez.

“Los viajeros vivimos de los recuerdos. Cada viaje en moto nos deja muchas experiencias, muchas sensaciones que no se olvidan fácilmente. Los paisajes, los olores, la gente sencilla y sabia del camino que nos indica por dónde ir, qué comer, en dónde pernoctar”, explica Gonzalo al sitio web Eltiempo.com, de Colombia, y agrega “cualquiera de éstas travesías puede ser la última que nos corresponda hacer en la vida.”

Por ello, con decidió planear con su familia lo que sería el primer viaje de todos juntos, la “Ruta Andina 2018”, como pasó a llamarse porque el recorrido comenzó en diciembre del año pasado. Para esta aventura, donde participaron 5 motociclistas, utilizaron tres motocicletas: Gonzalo y su esposa Gabriela emprendieron el viaje en una Honda África Twin, su hijo Mateo junto su novia Rachel lo hicieron en una BMW F800GS; y por último su hija Catalina a bordo de una Royal Enfield Himalayan.

Antes de lanzarse a la ruta tuvieron que contemplar todos los puntos importantes de cualquier viaje, desde cambiar piezas de las motos “llantas Heidenau nuevas, pastillas de freno, maletas metálicas, aceites, filtros…” hasta planear “la ruta y los lugares imperdibles que queremos visitar”.

Partieron desde Bogotá primero con rumbo a Ecuador, con la primera parada en “las cascadas del Fin del Mundo, en Mocoa, que nos recibió después de una larga jornada de 15 horas”. Al siguiente día ya estaban en Quito, y continuaron el recorrido a Cuenca, por la Cordillera de los Antes, con “algunos pocos picos nevados nos iban distrayendo, como el Cotopaxi, haciendo más corta la jornada”.

Luego de un merecido descanso en Cuenca, siguieron los pasos hacia el límite con Perú, pasando por el cruce El Alamor, que no es muy transitado. Aunque reconocen “no le dedicamos al Ecuador el tiempo que se merece, pues lo cruzamos muy rápidamente. Hay muchos lugares espectaculares por visitar en ese país, volcanes, ríos, nevados, lagunas, que quedaron en la lista de espera para un próximo viaje.”

Gonzalo cuenta que lo impresionó “el mal manejo de los residuos que le han dado en los últimos años”, por la gran cantidad de basura que se encontró en Perú. Pero que contrastaban “desagrado con el placer de llevar esas motos con tranquilidad por buenas carreteras, con la belleza que presentan las altas dunas que se pierden en el horizonte contra la cordillera, por un lado, y con los hermosos recovecos marinos y playas que se asoman por el otro”.

Se encontraron en la ruta Panamericana de Perú con “rectas interminables y desiertos y más desiertos”, por eso “decidieron cambiar y de desprenderse del mar por unos días”. Cruzaron al oeste hacia las montañas, “por el legendario y mítico cañón del Pato subimos hasta Caraz. Es una carretera muy angosta, considerada una de las vías de más alto riesgo en el mundo; por eso mismo, es un destino obligado del motociclismo. Hace unos años la recorrí y estaba sin asfalto”.

Luego explica “en el Callejón están varios pueblos, muy cerca unos de otros, como Caraz, Yungay, Carhuaz y Huaraz. El reto de los viajeros de aventura, a pie, en bicicleta de montaña, en moto o en vehículos 4×4, es subir la cordillera Blanca y cruzar en ella el Parque Nacional de Huascarán, por diferentes puntos”. Ellos decidieron ir hacia Yungay “por una carretera destapada que en las cumbres, llegando a los 5.000 msnm, se convierten en trochas resbalosas con correntíos de agua rodando al medio y piedra suelta”, donde el esfuerzo físico “se compensa una infinidad de veces con la belleza del paisaje. Los picos nevados aparecen y desaparecen con el movimiento de las nubes”.

Otros puntos que visitaron después fueron “las famosas Lagunas de Llanganuco”, Chacas, donde pararon, y el pico nevado Huascarán, porque según explica “si está pensando en ir al Perú en moto, Huascarán debe ser su destino principal”. Desde allí continuaron su viaje hacia Lima, donde descansaron, y luego Ayacucho. Y cuenta: “El recorrido por las cimas de los Andes es sui generis. A veces es un serrucho total, bajando a valles profundos de ríos caudalosos e inmediatamente subiendo de nuevo a los 3.500 o 4.000 m. s. n. m. En otros casos es común encontrar en esas alturas las llamadas altiplanicies: grandes extensiones de llanuras planas, con largos trayectos muy fríos sobre esas estepas paramunas. Nunca faltan los nevados para recordarnos donde estamos. Pasamos por Abancay, rumbo a Cuzco. Y de allí a Machu Picchu, metiéndonos en el mundo del turismo masivo, en contraste con la soledad de las altiplanicies”.

Desde allí fueron al sur “hasta Puno y nos adentramos al Lago Titicaca”, durmieron en las islas flotantes “hechas por los locales Uros con la tradición indígena que manipula los juncos de esa planta que crece silvestre en el lago, llamada totora.” Y regresaron hacia Lima, pero por Arequipa, pasando por las líneas de Nazca. En la capital de Perú se reunieron con otra de las hijas de Gonzalo, María José, que viaja por el mundo, pero en avión. Ahí la familia se separó, Gabriela, Rachel y Maria José volvieron por vía área a Colombia, y quedaron Gonzalo, Mateo y Catalina con sus motocicletas, para emprender el viaje de vuelta.

Para el padre de esta familia de viajeros de dos ruedas el regreso “siempre debe matizarse, para no sentirlo aburrido, si se tienen que recorrer los mismos lugares”. Luego contó el final de este viaje: “Escogimos muchas rutas alternas, de arena y off road, que no solo nos sacaban de la rutina propia de la Panamericana, sino que fueron de las más divertidas, a pesar de los riesgos de resbalarse en la arena. Y en el Ecuador, escogimos el regreso por la Ruta del Pacífico, bordeando la costa. Entramos a Colombia por Ipiales y Pasto, en el desorden de una inmigración que ya sabíamos era desastrosa. Dimos una pasada por Popayán y Cali, sin dedicarles tampoco mucho tiempo al turismo, pues ya, después de 39 días, el deseo de llegar a casa a descansar de esta aventura es grande.”

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