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Historias GDM

Casi 1.200 km en moto para ver a Atlético Tucumán

Una pareja de tucumanos tomó su Honda Wave para ir hasta La Paz, Bolivia; todo para poder ver el partido de Atlético Tucumán – The Strongest, por la Copa Libertadores.

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Solana Morales y Santiago Argañaras son fanáticos del “Decano”, por eso no podían perderse el primer partido por la segunda fase de la Copa Libertadores 2020. Sin dudarlo, se subieron a una Honda Wave para rutear hasta La Paz y ver el partido de Atlético Tucumán – The Strongest.

Unidos por la pasión

“El viaje surgió en un principio con la idea de salir de mochileros ya que teníamos alguien que nos lleve hasta la frontera, pero con el tiempo esa chance se nos cayó y surgió la idea de irnos en la moto. Pusimos en condiciones en rodado y vimos que era lo esencial que teníamos que cargar para la travesía”, contó Solana.

“Fueron cuatro días de viaje, le metimos entre 8 y 10 horas cada día”, explicó la joven. Luego continuó comentando cada jornada del viaje: “Salimos el martes de Tucumán hasta San Pedro de Jujuy. Al día siguiente fuimos de hasta Tarija y el jueves fuimos a Potosí, donde hicimos dos noches. El sábado Oruro y el domingo a La Paz”.

La Wave “se bancó” los 1.187 kilómetros del total del recorrido, desde la casa de la pareja en el centro de Tucumán hasta la capital boliviana. La máquina no tuvo problemas, soportando los más de 3.600 metros de altura del camino.

“Es la primera vez que hacemos algo de este tipo”, dijo Solana, y reconoció que “la familia y los amigos nos decían que era una locura, pero nos apoyaron desde el principio”. Además contó que aprovecharon esta escapada para conocer los lugares donde pasaron; por ejemplo, pararon en Potosí dos días para descansar y pasear.

Pero, por supuesto, el objetivo era llegar hasta La Paz a tiempo para ver el partido: “Para nosotros Atlético es una forma de vida, gracias a Dios tuvimos la oportunidad de acompañarlo siempre, y en esta ocasión decidimos adentrarnos en una aventura única”.

Bitácoras del Ciego

Crónicas de un sueño cumplido: Sembrando la semilla

Este viaje lo hice y escribí hace exactamente una década (que rápido pasa el tiempo); pero el sentimiento generado se mantiene intacto. Ahí va…

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“Desde siempre soñé con viajar en moto, y felizmente lo pude hacer. Disfruté cada viaje, como sea que se presentó, solo, en pareja, con amigos, viaje largo, corto, interminable, con lluvias, vientos o calor; ahora desde que nacieron Lucca (mi hijo) y Sol (mi hija), soñé, y sueño a diario, en que me acompañen en mi pasión.

Siempre estuve atado a la edad (legal) para subirlos a la moto (14 años para ir de acompañante en la ruta); pero la ansiedad del padre y del hijo imposibilitaron el respeto a parámetros normativos de restricciones de edad.

Así que empezamos el armado del viaje para ir al encuentro que el Star Club Argentina organizaba en la Falda (Córdoba). Todo un trámite para conseguir el permiso de la madre del chico, y a pesar de haberlo conseguido (él le cocino la cabeza), fue el trabajo del padre lo que pincho el viaje. Pero como la ansiedad estaba desatada, dispusimos dos días del feriado largo para hacer aunque sea un viajecito corto… Y se eligió la hermosa Quebrada de Humahuaca en Jujuy, como destino para el primer viaje en moto de mi hijo.

Habiendo preparado a La Gaucha el sábado, y con una lluvia que no paraba mas y un frio tremendo, decidimos salir el domingo a la mañana. Por eso a las 11 del día domingo, y como si el tiempo estuviera de acuerdo con la ansiedad mutua de padre e hijo, salimos, con un día nublado pero sin lluvia y con un frío más o menos tolerable.

La primer tirada la hicimos hasta la ciudad de Güemes, a 50 km de Salta capital, donde paramos a comer un lomito en la YPF El Jaguel. Viajamos máximo a 100 km/h, tratando de que Lucca no se asuste y preguntándole a cada rato (por señas) como iba. Habiendo terminado uno de los lomitos más ricos del país (entre otras cosas soy perito de Lomitos) salimos a Jujuy, donde paramos a cargar nafta y tomar un café.

Es increíble, no sé si les pasa a los padres de hijos de 8 años, pero es la generación de “chicos aburridos”, para sacarle un palabra hay que hacer un curso y mutan de la locura extrema al ostracismo más profundo, en cuestión de segundos… ¡qué duro ser padre en la generación play station!

 

Pero, a pesar de lo difícil de tener una devolución, no dejaba de hablarle de la seguridad en el viaje, o como tiene que ponerse si el viento viene de costado, o como seguirme en las curvas, con el tiempo me daré cuenta si todo lo que le dije lo escuchó o no, jajaja.

Salimos de San Salvador y encaramos hacia la Quebrada, hasta la localidad de Volcán, llovizna y ¡un frío! El chango se la banco perfecto, pero cada parada a sacar fotos se sentaba en el suelo a ver si se le calentaba el traste con las piedras de la banquina.

Llegamos a la tarde a la Tilcara, un lugar hermoso, que se convirtió en el centro turístico de la quebrada; la atracción, la Gaucha y el Lucca, “destilando” buena onda, con todo aquel que le preguntaba del viaje, y este humilde servidor, baboso por ambas situaciones.

Ya a la tardecita nos fuimos hasta Maimara, donde teníamos una reserva para dormir; nos tomamos un litro de café con leche con bollos caseros, vimos una peli, y charlamos largo sobre el viaje, mientras él despuntaba el vicio con su play portatil (¡por Dios!). A esa hora era imposible estar afuera, porque el viento estaba helado; así que nos metimos en la pieza a seguir charlando y cada sonrisa recibida era un regalo para el alma. Dormimos muy bien, calentitos, y al otro día, después de desayunar, emprendimos la vuelta a casa.

El regreso fue más rápido. Un día hermoso y soleado, con Lucca más acostumbrado ya apure a la Gaucha, y a 140 km/h, le metimos hasta Salta, parando solo a cargar nafta en San Salvador de Jujuy. Llegamos a Salta al mediodía, donde la madre y la hermana lo recibieron como a un héroe, él acusó un leve dolor de culo, riéndose de tal circunstancia y con ganas de hacer un viaje más largo, algún encuentro con los Star tal como textualmente me lo planteo.

Así como en todas las crónicas acostumbro a agradecer, en esta solo tengo que agradecerle a la vida, por permitirme hacer este viaje con mi hijo en moto, y cumplir un sueño que tengo desde hace ocho años cuando en la sala de parto lo vi nacer. Realmente es soñada la conexión alcanzada por compartir esto que era solo de los dos; y ojala en un futuro no muy lejano viaje nuevamente con él, pero ya en su moto yendo juntos a la par…”

2020

Como les conté este viaje se hizo hace una década, y como dijo alguien por ahí: “Pasaron cosas”. Pasé el tiempo, se fue la Gaucha, se fue la Gran Gaucha, y llegó Macacha. Ese chico, nene, se hizo un adolescente casi un hombre de 1,80 mts. Y como la pandemia lo dejo sin viaje de fin de curso, a mitad de año me planteó comprarse una moto (chica quiere) y que los dos juntos hagamos la Ruta 40 de punta a punta el año que viene. “Papa, yo saco las fotos y vos escribís el viaje”.

Así que claramente todo lo que hablé hace 10 años, mientras estaba a full con el “Mortal Kombat” en esa pieza en Maimara, entró, llegó… y tengo el pecho inundado de emoción de saber que falta un año para que “LA HERENCIA EN VIDA” empiece a recorrer kilómetros. Claramente “Yo ya gane”, como dijo otra por ahí…

Hasta la próxima, El Ciego

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Bitácoras del Ciego

Crónicas del viaje en Dragstar: Salta – Tandil. La vuelta

En esta oportunidad quiero compartir con Uds. un viaje que fue mi bautismo en esta hermosa pasión de viajar en moto; mas que un bautismo fueron todos los sacramentos juntos. Además me despertó mi otra pasión que fue la de escribirlos.

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Si querés leer la primera parte del viaje podés ingresar en: Crónicas del viaje en Dragstar: Salta – Tandil

La vuelta empezó como había terminado la ida, con la grata compañía ahora, de Marquitos, Fabri y María, con quienes ruteamos hasta Olavarría, donde almorzamos y nos separamos. De Olavarría salí con la intención de hacer noche en Gral. Villegas, pero como en la ruta y en moto nunca se sabe, y con la aparición de mi vieja e ingrata compañera (sí, LA LLUVIA) me quedé como 4 hs. en la estación de servicios en Carlos Tejedor, donde me constituí en el anfitrión de todo aquel que paraba, o a cargar nafta o a resguardarse de la tormenta (de iguales o peores magnitudes que la de Río IV, tres días antes). De hecho esta se llevó todos los techos de Valeria, un pueblo al sur de Córdoba. Ahí conocí a Gabriel un fotógrafo de jineteadas que vive en 9 de Julio, y su papa un hombre mayor que me llenó la panza con unas tortas fritas ESPECTACULARES y unos mates calentitos, nos quedamos charlando como tres horas hasta que decidí quedarme a dormir en el pueblo.

Al otro día amaneció nublado, y maneje casi todo el día…

Ya en Vicuña Makena (Córdoba) me encontré con Armando, un amigo de toda la vida, casualmente con uno con los que soñaba este viaje en nuestra época de estudiantes en Córdoba, con quien comí y seguí viaje. Antes de llegar a Río IV, pasé por Ensenada, el paraje donde me había albergado de la tormenta en la ida, paré y fui a buscar a Walter para agradecerle el gesto que tuvo al abrirme la iglesia, y como dije antes; quise quedarme con el mejor recuerdo tanto del lugar como del gomero, no les saque fotos, porque de día y con sol eran aún mas tenebrosos y siniestros que la noche de la tormenta.

Al llegar a Elena (Córdoba), el traste me pedía a gritos un cambio, vi colgados los famosos pellones de piel de oveja, y al preguntar, el dueño del lugar, creyendo que era un holandés supongo, quería cobrarme una fortuna… En eso, para en el medio de la ruta una camioneta, conducida por un finquero, Gerardo, quien desde la ruta me hablaba, al ver la cola de camiones y autos parados por su culpa, se puso en la banquina. Al comentarle el motivo de mi parada, hizo bajar a José, un peón, al que ordenó se quedara al lado de la moto, y me llevó 40 km hasta una curtiembre para conseguir el pedazo de animal, que como les digo no era un pellón, era un pedazo de la pobre compañera de Heidi, recién sacado. Luego de rechazar una docena de invitaciones de este Gerardo para que me quedara en su casa a dormir y comer un asado, que organizaría con sus amigos con la excusa de mi encuentro, llegamos a la moto, donde casualmente seguía José en idéntica posición en la que lo habíamos dejado.

Así fue que con un olor tremendo a granja en mis asentaderas, llegué a Córdoba.

De pura casualidad entré a Córdoba, por la calle Obispo Trejo, en donde estaba ubicado el departamento donde empecé a soñar por las noches con mi viaje en moto; ahí lo hable a un amigo, Martín, que aún vive en Córdoba, que me pidió que lo vea en el acto de fin de año del jardín de infantes de su hijita. Al llegar al colegio, frenar de improvisto, con media oveja en el traste y con una cara de loco cansado infernal, vi como los padres agarraban fuerte a sus hijos, algunas llegaron a cargarlos y cruzar la vereda; después de saludar a mi amigo, y viendo que esos padres ya se encontraban repuestos del susto, me fui a dormir.

Al otro día emprendí, lo que iba a ser el último tirón de la travesía, frenando a comer en Ojo de Agua (Santiago del Estero). Por esas alturas, yo ya me creía un aventurero bárbaro, hasta que veo llegar a la estación de servicios, una moto rusa, detonada, pero no tenía nada sano, ni en la estética, ni en la mecánica… rota… Era conducida por un israelí de 2 metros más o menos y 200 kg, con el que nos entendimos en un mutuo pésimo ingles. Me contó que había adquirido el móvil en la Paz (Bolivia) a U$s. 1200 (lo que habla muy mal de los latinoamericanos), y pretendía llegar a Bariloche (espero que lo haya logrado). En dos cambios que tiró hasta salir de la estación de servicio la moto escupió al menos ½ litro de aceite.

Llegué a la Ciudad de Metán, a 150 km de Salta a la nochecita, donde después de tomarme un café, con los anteojos amarillos y el visor del casco abierto limpio, salí a la ruta.  Al principio fue como conducir en una alucinación provocada por la ingesta de algún hongo mexicano que salen del cactus, ya que entre las líneas de la ruta, las luces de los vehículos que venían de frente y el millar de bichos que venían a estrellarse a mi casco, que con los lentes alcanzaban múltiples colores, se hacía casi imposible avanzar; hasta que el último que me ayudó en forma anónima en la ruta, fue el conductor de una Fiorino, al que seguí casi pegado hasta el peaje antes de la entrada a la Ciudad, en donde le agradecí y él sonrió en forma cómplice. Así fue que llegue a mi querida Ciudad de Salta, en donde obtuve el mayor de los premios que fue llegar a mi casa, el beso y el abrazo de Lucca y Sol.

Este viaje me enseñó muchísimas cosas…

En primer lugar que para un motero con familia resulta imposible hacer un viaje sin su apoyo; gracias Lucca y Sol, por apoyarme en mi sueño, por aguantar mis ansiedades y acompañarme a diario. Gracias mamá por apoyarme sin mostrarme tus temores, gracias papá por ayudarme a preparar la moto y acompañarme con tus mensajes. Gracias Raúl por prestarme el inflador, gracias Cele por dejarme dormir en tu dpto en Córdoba.

También aprendí que a los amigos no hay que buscarlos, las vida te los pone de diversas formas, en este caso a través del STAR CLUB ARGENTINA. Gracias a todos y todas los que estuvieron conmigo en Tandil, a los que no nombraré por temor a olvidarme de alguno y cometer un grave error, gracias por la reciprocidad en el sentimiento y por todas las señales de apoyo que recibí antes, durante y después del encuentro.

Gracias Pele y Armando, por acompañarme allá desde el 93 en esas largas noches de estudio donde yo empecé a planificar mi viaje; y Armando gracias por el sándwich de jamón crudo y queso en Vicuña Makena, que estaba bárbaro.

Aprendí que existe mucha gente dispuesta a apoyar un sueño sin pedir nada a cambio. Aprendí que mas allá del aspecto, existe mucha gente solidaria en nuestro país. Gracias Walter de Ensenada, gracias Gerardo, gracias Gabriel y tu papá que no sé el nombre, gracias José por cuidarme la moto, gracias conductor de la Fiorino. Aprendí que siempre se puede llegar a más, gracias israelí de dos metros y un montón de kilos.

Es de sus rostros y de sus nombres que me acordaré el día que tenga en la falda a los hijos de mis hijos, y el abuelo les cuente las CRONICAS DEL VIAJE EN DRAGSTAR, SALTA-TANDIL.

Un abrazo a todos y hasta próximos viajes. El Ciego

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Bitácoras del Ciego

Crónicas del viaje en Dragstar: Salta – Tandil

En esta oportunidad quiero compartir con Uds. un viaje que fue mi bautismo en esta hermosa pasión de viajar en moto; mas que un bautismo fueron todos los sacramentos juntos. Además me despertó mi otra pasión que fue la de escribirlos.

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Más de 10 años después y con muchos kilómetros recorridos y hasta un libro escrito, este relato todavía despierta en mi la emoción que sentí al hacerlo. Espero les guste, ahí va…

Este viaje comenzó allá por el año 1.993, cuando en las noches de estudio en Córdoba, con aquellos amigos que compartimos mucho más que el departamento, soñábamos con que nos gustaría a cada uno hacer de nuestra vida, y sin dudas, eran recurrentes mis sueños de viajar por mi país en moto. Ese sueño se convirtió en una realidad el 9 de Diciembre de 2.009, cuando a partir de mi integración al STAR CLUB ARGENTINA, se armó como destino el 9º Motoencuentro turístico en Tandil, Buenos Aires.

Así, habiendo lustrado mi moto, una Yamaha Dragstar 650 mod. 99 (en adelante “LA NEGRA”), pulido sus escapes (circunstancia que duraría muy poco como se apreciara adelante) y habiendo recibido la correspondiente bendición de mi hija Sol, partí a las 8:45 de la mañana y solo, como lo había soñado varios años antes.

En efecto, habiendo llegado al Portezuelo, entrada o salida (depende) de la ciudad de Salta, conocí a quien sería mi gran compañera de viaje de ida y generadora de más de una anécdota, LA LLUVIA. Esta gran compañera, y digo gran porque fue mucha no porque me agradara su compañía, me siguió, en principio, hasta la Ciudad de Termas de Río Hondo, Provincia de Santiago del Estero, destino al que nunca quise ir, pero gracias a esta “compañera” no vi la entrada a la ruta que me llevaba a Córdoba por la Ciudad de Frías (Santiago del Estero), que resultaba según los cálculos más corta y menos transitada. Gracias a ella tire por tierra, literalmente hablando, el lustrado y pulido de La Negra, previos al viaje.

Así, fue que la primer jornada culminó en la Ciudad de Ojo de Agua (Santiago del Estero), limite con la Provincia de Córdoba, donde descansamos La Negra y yo, que portaba un considerable, por no decir INSOPORTABLE, dolor en las asentaderas (para decir culo de una forma elegante).

La segunda jornada se presentaba alentadora, con ligeras nubes que me acompañaron hasta Córdoba, circunstancia que cambió rotundamente, 10 km. antes de llegar a Río IV, con la aparición de una tormenta tropical digna de sus primas hermanas de Costa Rica y/o Guayanas en cualquiera de sus nacionalidades, que me dejó mojado entero en la Estación de Servicios YPF en la entrada de la ciudad antes referenciada, donde me tome un café con leche de un litro, para menguar el frío y esperar que el aguacero pasara.

Habiendo parado el aguacero, y con el afán de ganar kilómetros, decidí partir para hacer noche en la Ciudad de Vicuña Makena (Córdoba), hecho que nunca ocurrió, toda vez que a 20 km de haber partido, fui Victima, literalmente hablando, de una tormenta con todas sus letras T-O-R-M-E-N-T-A, con mas agua que la reserva del Iberá, y con un viento de 80 km/h. (parámetro del que me enteré por un diario en Realicó (La pampa), que no me dejaba llegar a la banquina, se me llenó “las asentaderas” de preguntas, por los camiones que venían de frente y el chicoteo de la negra por las rutas destruidas.

Como una aparición celestial a mano izquierda vi una estación de servicios abandonada, que mutó en gomería, con una capilla hechiza al lado, a donde me depositó el viento, el lugar se llama “La Ensenada” (nombre que supe a la vuelta); ahí se encontraba, bajo un foco de 25, “Walter” (nombre que también supe a la vuelta) el gomero, personaje de fisonomía al menos siniestra, que me miró como si fuera lo mas normal del mundo que llegará un tipo en moto, mojado hasta los órganos vitales y con una cara de susto bárbara.

Después de tomarme un café instantáneo en un bar de al lado de la gomería, que extrañaba las épocas felices y fértiles de cuando la estación de servicio funcionaba, y ante la pregunta de ¿Dónde podía dormir? La mujer que me atendió me mandó a cien kilómetros de distancia, por lo que pregunté “¿Dónde estaba el cura?” para ver si podía dormir en la iglesia esa noche, a lo que me respondió que hacía 3 meses que no tenían cura, y me mandó a hablar con Walter, el gomero, a ver si tenía la llave. En efecto Walter tenía las llaves de la capilla y no tuvo inconvenientes en abrirme la misma para que durmiera adentro.

Una vez adentro, sin luz y con un ruido bárbaro en las chapas me acordé de un amigo que siempre saca fotos de la moto en las puertas de las iglesias que visita en sus viajes, pero a mi se me fue la mano y por poco la llevo al altar a la negra.

Al día siguiente, y habiendo dormido tranquilo, pero espantosamente incómodo, partí en lo que sería el último tramo antes de Tandil, antes de irme quise documentar por fuera, lo que había sido mi albergue de la tormenta anterior; pero al verlo tan feo, dije: mejor dejálo ahí y que lo imaginen…

Desde allí, el viaje fue largo pero tranquilo (pasando por Vicuña Makena, Realicó, Gral Villegas, Pehuajo, Carlos Tejedor), hasta llegar a Bolivar donde me encontré con Nico y su papa, quienes me ayudaron sin dudas a transitar los últimos 250 km antes de Tandil, ya que sino me quedaba a dormir en alguna ciudad del cansancio que portaba encima.

Ya en Tandil, el Encuentro con los muchachos del STAR CLUB ARGENTINA fue algo maravilloso, conocer personalmente e identificar con rostros los nombres o nicks que usan en Internet, y descubrir que TODOS son personas maravillosas, que manifestaron una amistad intensa, aunque corta en el tiempo, pero sin dudas duradera…

Después llegó la mención por el Motero que llegó de más lejos, que no sólo la obtuve por haber recorrido 2.050 km para llegar, sino por el terror que les produje a la gente de Moto Sierras Tandil (organizadores del evento) al decirles que si llegaba alguno desde 2.051 km le incendiaba la moto y lo amordazaba en la cama para que no llegue al evento… creo que al que vino de Jujuy no le dijeron nada para no tener, después, cargo de conciencia…

Por supuesto, fue tanto un orgullo como una sorpresa cuando nos entregaron a los STAR la mención por ser la agrupación más numerosa. Fue toda una experiencia ver a casi todos y todas los que forman la gran familia de STAR CLUB ARGENTINA reunidos. Y así… todo fue hermoso y emotivo en Tandil, una de las experiencias más lindas fue cuando una madre me pidió que me sacara una foto con su hijo de 11 o 12 años, que quería ser motero de grande y el flaquito temblaba al verme… no sé si de emoción o de miedo pero temblaba…

Y como todo lo que empieza tiene que terminar, el domingo terminó… el encuentro, porque a mi me quedaba todavía la vuelta.

¡Pero eso será excusa para una próxima entrega!

¡Buenas rutas!

El Ciego.

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